Precioso atardecer frente a la playa de Waikiki en Honolulu.

Supongo que si no hubiera vivido en San Francisco, no se me habría ocurrido irme hasta la isla de Oahu (o sí, quién sabe…). Y es que Hawaii se sitúa justo al otro extremo del planeta con respecto a Europa. Oahu es la isla más poblada del archipiélago hawaiano y el vuelo desde San Francisco hasta Honolulu tarda 5 horas. ¿Y la diferencia horaria con España? Pues nada menos que de 12 horas.

La tripulación del barco al completo en Waikiki.

En esta aventura me acompaña mi amigo Jon Oliden. Alquilamos un coche tipo monovolumen para movernos libremente por la isla y tener la posibilidad de dormir dentro. Gracias a la plataforma Couch Surfing, conseguimos alojarnos en un barco amarrado en el embarcadero de Waikiki las tres primeras noches. El dueño del barco, un americano de pocas palabras que trabaja como mecánico en la base de Pearl Harbor, nos pide únicamente 10$ por noche como donativo para alojarnos en su barco. A parte de nosotros dos, hay otro chico ruso alojado que se encarga de preparar las cenas para toda la “tripulación” por el módico precio de 5$ por comensal.

Un grupo andando al atardecer en la playa de Waikiki, Honolulu.

En la costa al este de Waikīki, se encuentra un conjunto de conos, respiraderos y flujos de lava de las erupciones llamado Diamond Head. El nombre en inglés se lo pusieron los marineros británicos durante el siglo XIX, que confundieron los cristales de calcita incrustados en la roca con diamantes. Desde lo alto de un mirador en Diamond Head, se puede disfrutar de unas vistas impresionantes de Honolulu y sus alrededores.

El cono volcánico Diamond Head.

Vistas de la impresionante costa de Oahu desde Diamond Head.

Rascacielos en Honolulu desde el mirador de Diamond Head.

Después de unos días explorando los alrededores de Honolulu, seguimos el viaje por carretera hacia la costa norte de Oahu o North Shore, como le llaman allí. Esta zona es mundialmente conocida por sus inmensas olas que atraen a surfistas de todo el planeta.

Puesta de Sol en alguna playa del North Shore.

Un grupo de chavales saltando en la playa de Waimea

El salto del ángel en Waimea

Se mascaba la tensión antes de saltar…

Durante el viaje por carretera alrededor de la isla, fuimos parando en diferentes playas como la archiconocida Waimea. Desde primera hora de la mañana, era muy habitual ver gente en el agua, ya fuera remando, surfeando o buceando. Y es que las aguas cálidas de Hawaii invitan a pasarse el día en remojo.

Cada día, solíamos desayunar frente a la playa en plan “homeless”.

Las olas las comparten aficionados al paddle-surf y al surf tradicional.

Los perros también disfrutan de este deporte en Hawaii.

Un grupo remando al atardecer en una canoa.

A través de Couch Surfing, también conocimos a Jonathan, un tejano muy simpático con el que hacemos una excursión a través de la selva hawaiana hasta unas cascadas. Además, alquilamos unos kayaks para surcar las aguas de la costa de Oahu.

El sendero que lleva hasta las cascadas.

Saltando en las cascadas.

La expedición al completo. De izquierda a derecha: Jonathan, Alex y Jon.

Nuestro viaje finaliza con una visita a Pearl Harbor. Gracias a Ron, nuestro anfitrión y dueño del barco en Waikiki, tenemos la oportunidad de acceder y pasear  libremente por la base naval de la Armada de los Estados Unidos y cuartel general de su Flota del Pacífico. El nombre de Pearl Harbor nos recuerda el bombardeo por parte de Japón y que provocó la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Placa conmemorativa en Pearl Harbor.

Un destructor americano amarrado en la base de Pearl Harbor.